Qué es la irisina, cómo se produce durante el ejercicio y qué sabemos sobre su papel en el metabolismo, el cerebro, el hueso y la inflamación.
Solemos relacionar el ejercicio físico con músculos más fuertes, mayor resistencia o mejor movilidad. Mientras nos movemos ocurre algo menos visible: el músculo libera señales químicas capaces de comunicarse.
Entre ellas se encuentra la irisina, una molécula que despertó un enorme interés por su relación con el metabolismo energético, el tejido adiposo, el cerebro, el hueso y los procesos inflamatorios.
Pero también es un buen ejemplo de cómo una molécula prometedora puede adquirir rápidamente una fama que avance más deprisa que la propia evidencia científica.
Cuando el músculo produce algo más que movimiento
La irisina fue descrita en 2012 por el equipo dirigido por Bruce Spiegelman. Su nombre procede de Iris, la mensajera de los dioses en la mitología griega.
Su origen está relacionado con una proteína denominada FNDC5. Durante el trabajo muscular aumenta su expresión y se genera irisina.
El descubrimiento despertó rápidamente el interés científico porque ofrecía una posible explicación molecular para algunos de los cambios metabólicos asociados al ejercicio.
De ahí surgió la expresión popular de «hormona del ejercicio». Es una denominación sencilla, aunque resulta engañosa si lleva a atribuir a una única sustancia buena parte de sus beneficios.
Cada contracción muscular necesita energía y pone en marcha numerosos cambios celulares. Al mismo tiempo, el músculo produce y libera sustancias que actúan localmente o a distancia.
Entre estas moléculas se encuentran las mioquinas, proteínas producidas por los músculos cuya liberación se modifica con la contracción y el ejercicio. Algunas intervienen en el metabolismo energético, otras participan en procesos inflamatorios y sus efectos alcanzan al tejido adiposo, el hígado, el hueso y otros órganos.
El músculo no solo responde a órdenes procedentes del sistema nervioso y a estímulos hormonales: también participa en la intercomunicación entre diferentes partes del organismo, lo que permite considerarlo con capacidad endocrina.
Del almacenamiento al gasto energético
La grasa corporal no es completamente uniforme. El tejido adiposo blanco constituye la mayor parte de nuestras reservas y almacena energía principalmente en forma de triglicéridos. El marrón, por el contrario, posee abundantes mitocondrias y está especializado en utilizar energía para producir calor mediante un proceso denominado termogénesis.
Entre ambos encontramos adipocitos beige, células que adquieren características termogénicas dentro de determinados depósitos de grasa blanca.
Durante el ejercicio, los músculos aumentan considerablemente sus necesidades energéticas y utilizan glucosa y ácidos grasos. Al mismo tiempo, se producen adaptaciones que mejoran la capacidad de utilizar estos combustibles.
Los primeros trabajos sobre irisina observaron que podía favorecer este proceso de beigeización o browning. Algunas células de la grasa blanca adquirían características metabólicas más próximas a las termogénicas.
Esta observación generó una interpretación inicial: si la irisina favorecía un mayor consumo de energía, quizá pudiera convertirse en una herramienta contra la obesidad.
Su participación en estos procesos continúa siendo objeto de investigación y los resultados obtenidos en modelos experimentales no pueden trasladarse automáticamente a una pérdida significativa de grasa.
Cuando el mensaje llega al cerebro
La historia de la irisina se volvió todavía más interesante cuando la investigación dirigió también su atención al cerebro.
El ejercicio físico regular se relaciona con cambios en la plasticidad cerebral, el aprendizaje, la memoria y el mantenimiento de la función cognitiva. Una de las preguntas planteadas por los investigadores ha sido cómo el trabajo muscular termina influyendo en el cerebro.
La vía FNDC5/irisina se ha estudiado especialmente en el hipocampo, una región fundamental para determinados procesos de memoria y aprendizaje.
En modelos experimentales, se vincula con el BDNF, el factor neurotrófico derivado del cerebro, una proteína que participa en la supervivencia neuronal, la plasticidad de las conexiones nerviosas y la capacidad del cerebro para adaptarse.
También se investiga el posible papel de la irisina en el envejecimiento cerebral y en enfermedades neurodegenerativas, incluida la enfermedad de Alzheimer. Algunos trabajos experimentales han encontrado alteraciones de esta vía en situaciones de deterioro cognitivo y han planteado posibles mecanismos protectores.
Son resultados interesantes, pero todavía no permiten afirmar que aumentar la irisina prevenga o trate una enfermedad neurodegenerativa.
Lo que sí refuerzan es una idea más amplia: la conexión entre ejercicio y cerebro implica la participación de numerosos mediadores.
La investigación continúa: músculo, hueso e inflamación
Durante el envejecimiento, la pérdida progresiva de masa muscular y ósea suele avanzar de manera paralela y aumenta el riesgo de fragilidad, caídas y pérdida de autonomía.
El hueso no es una estructura inerte. Se encuentra en renovación continua y responde tanto a las cargas mecánicas como a diferentes estímulos.
La irisina se ha relacionado experimentalmente con las células implicadas en la remodelación del hueso, incluidos los osteoblastos, encargados de su formación. También se estudia su participación en la comunicación entre músculo y hueso.
Los ejercicios de fuerza constituyen una herramienta importante para conservar músculo y estimular el hueso.
¿Y qué papel desempeña la inflamación en todo este entorno?
La inflamación es una respuesta imprescindible para nuestra supervivencia. El problema aparece cuando determinados estímulos mantienen una inflamación persistente de baja intensidad, una situación relacionada con diferentes alteraciones metabólicas.
Se ha observado la relación de la irisina con los macrófagos, células del sistema inmunitario que participan en la defensa y la inflamación. También se estudia su influencia sobre determinados mediadores inflamatorios y el estrés oxidativo.
De nuevo, conviene interpretar estos hallazgos dentro de una red mucho mayor. Los efectos asociados al ejercicio no dependen exclusivamente de la irisina, sino de la interacción entre hueso, músculo, metabolismo, tejido adiposo y sistema inmunitario.
El ejercicio es mucho más que una molécula
En muchos trabajos se han observado modificaciones de los niveles de irisina después del ejercicio, pero los resultados no siempre coinciden.
Influyen numerosos factores: el tipo de ejercicio, la intensidad y duración del esfuerzo, el estado de entrenamiento, la edad, la composición corporal y el momento en que se realiza la medición. También existen diferencias entre la respuesta inmediata a una sesión y la que se observa después de semanas o meses de entrenamiento.
Caminar a buen ritmo, correr, pedalear, nadar, entrenar la fuerza o combinar diferentes modalidades influyen en muchas rutas fisiológicas al mismo tiempo. El objetivo del ejercicio no debería ser maximizar una molécula concreta, sino mantener estímulos suficientes y regulares para conservar la capacidad funcional.
El interés despertado hizo inevitable otra pregunta: si algunos de sus efectos están relacionados con los beneficios del ejercicio, ¿sería posible administrarla o estimularla artificialmente?
La posibilidad resulta especialmente interesante en personas con limitaciones de movilidad. Por ello, se investigan la vía FNDC5/irisina y sus posibles aplicaciones terapéuticas.
Actualmente no existe una cápsula de irisina capaz de reproducir los efectos del ejercicio ni un alimento específico que permita obtener sus supuestos beneficios. Tampoco tiene sentido perseguir estrategias destinadas exclusivamente a elevar sus niveles.
El ejercicio activa simultáneamente cambios cardiovasculares, musculares, metabólicos, neurológicos y hormonales que ninguna molécula aislada puede sustituir.
Reflexión final
Durante mucho tiempo explicamos el ejercicio mediante efectos fáciles de observar: fortalece los músculos, mejora la resistencia, ayuda a mantener los huesos y aumenta el gasto energético. Todo eso sigue siendo cierto, pero la historia es mucho más amplia.
El estudio de la irisina ha abierto nuevas preguntas sobre los efectos del ejercicio en el metabolismo, el cerebro y el hueso. Algunas respuestas empiezan a conocerse; otras continúan en investigación.
Cada vez que nos movemos estamos provocando una respuesta coordinada que alcanza mucho más que los músculos que realizan el esfuerzo.
El movimiento no solo consume energía. También genera mensajes.
Fuentes consultadas
Para la elaboración de este artículo se han consultado revisiones científicas, estudios clínicos y trabajos académicos sobre irisina, ejercicio, metabolismo, cerebro, inflamación y salud ósea.
Mariano Rodríguez Dietética Acupuntura es un espacio dedicado a la divulgación sobre salud, dietética, nutrición, acupuntura y auriculopuntura, con un enfoque integrador basado en la experiencia profesional y la evidencia científica disponible.
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