Cuando una emoción negativa deja huella
En este estudio se utilizó la resonancia magnética funcional para analizar qué ocurre en el cerebro después de ver escenas emocionales intensas. Es decir, no solo se estudió la reacción inmediata, sino el “eco” que deja esa emoción cuando el estímulo ya ha pasado. El resultado fue muy claro: Tras ver sufrimiento, algunas personas permanecen en un estado emocional alterado, como si el cerebro se quedara congelado en la emoción inicial. Este fenómeno se relaciona con lo que se denomina inercia afectiva: la tendencia de una emoción a seguir activa incluso cuando ya no tiene motivo para estarlo.La conexión entre recuerdo personal y alarma emocional
El estudio suizo mostró algo muy interesante en el cerebro de las personas que mantenían esa inercia afectiva:- La corteza cingulada posterior (CCP), un área que participa en la memoria autobiográfica (recuerdos personales, experiencias propias),
- aumentaba su comunicación con la amígdala, la estructura encargada de procesar amenazas, miedo y estímulos emocionales intensos.
¿Por qué los mayores reaccionan distinto a los jóvenes?
Los autores del estudio explican que, en general, los adultos mayores suelen regular mejor las emociones que los jóvenes. La experiencia, la madurez y las estrategias aprendidas a lo largo de la vida ayudan a que las emociones negativas se disipen antes. Pero cuando aparece ansiedad, preocupación o depresión, este equilibrio se rompe. El psiquiatra Sebastián Báez Lugo, uno de los autores, lo resume de forma muy clara: “Las personas con mayor ansiedad tienen menos capacidad de distanciamiento emocional. El cerebro permanece congelado en un estado negativo, asociando el dolor ajeno con sus propios recuerdos”. A esto se suma otro concepto: la inercia afectiva. En física, la inercia es la tendencia de un cuerpo a seguir en movimiento. En psicología, es la tendencia de una emoción a continuar. Una persona con buena gestión emocional suelta antes la emoción negativa.Una persona vulnerable la mantiene durante mucho más tiempo.
Empatía: cuando el dolor ajeno activa nuestro propio cerebro
La ciencia de la empatía ha dado un salto enorme en los últimos años. Sabemos que existen unas células llamadas neuronas espejo, que se activan cuando observamos lo que hace o siente otra persona:- Si vemos a alguien quemarse, nuestro cerebro activa áreas similares a las que se activarían si la quemadura fuera nuestra.
- Si vemos sufrimiento emocional, se activan zonas profundas del sistema límbico relacionadas con el dolor, la alarma y la emoción.
Cuando la emoción no se regula: impacto en la salud mental y cerebral
Hoy sabemos que la dificultad para gestionar emociones negativas no solo afecta al bienestar psicológico. Puede influir también en el envejecimiento cerebral. Estudios recientes relacionan:- inestabilidad emocional crónica con mayor riesgo de depresión y ansiedad;
- estados de ánimo muy fluctuantes o mantenidos con mayor desgaste biológico;
- y, en etapas avanzadas de la vida, con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y trastornos neurodegenerativos.
El papel de la educación emocional y el entorno
Muchas personas crecieron en ambientes donde las emociones estaban prohibidas, minimizadas o ridiculizadas. Esa “invalidación emocional” repetida deja huellas profundas:- dificultad para saber qué se siente realmente;
- tendencia a desbordarse ante estímulos que otras personas manejan mejor;
- dependencia emocional o crisis repetidas.
Cómo podemos proteger nuestro cerebro y nuestras emociones
La investigación es clara: las emociones negativas no son un enemigo, pero la incapacidad para regularlas sí puede convertirse en un factor de vulnerabilidad. Algunas herramientas respaldadas por estudios recientes:- Psicoterapia centrada en regulación emocional.
- Meditación y prácticas contemplativas, que han demostrado reducir la reactividad emocional y favorecer un envejecimiento cerebral más saludable.
- Actividad física regular, uno de los moduladores más potentes del ánimo y del sistema nervioso.
- Acupuntura y auriculopuntura, que pueden ayudar a modular la respuesta de estrés y favorecer una mayor estabilidad emocional.
- Vida social activa, que actúa como un amortiguador natural frente al impacto emocional.
- Buena higiene del sueño y alimentación equilibrada, bases biológicas de la estabilidad mental.
Conclusión
El sufrimiento emocional, propio o ajeno, activa redes profundas del cerebro que relacionan emoción, memoria y supervivencia. Cuando estas redes funcionan con flexibilidad, podemos sentir, comprender, recuperarnos y seguir adelante. Pero cuando se quedan enganchadas, el malestar persiste y se convierte en un factor de vulnerabilidad para la salud mental y, posiblemente, para la salud cerebral a largo plazo. La buena noticia es que la regulación emocional puede entrenarse. Igual que fortalecemos el cuerpo, podemos fortalecer la mente. Entender cómo funciona nuestro cerebro es el primer paso para cuidarlo.Artículos relacionados
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Referencias
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- Universidad de Ginebra (UNIGE). Managing emotions better could prevent pathological ageing. Comunicación institucional, 13 de enero de 2023. Disponible en: https://www.unige.ch/medias/en/2023/managing-emotions-better-could-prevent-pathological-ageing
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