Espacio interior tranquilo al final del día, símbolo de reflexión personal y cierre de ciclo.
Hay un momento, casi siempre silencioso, en el que el año se apaga. No ocurre con campanadas ni con listas de propósitos. Sucede cuando bajan las visitas, se apagan las luces y uno se queda a solas con lo que ha vivido. El final del año no es tanto un balance de logros como un estado interior: cómo llegamos, cómo nos tratamos y qué dejamos pendiente de cuidar.

Este texto no pretende enseñar a “terminar bien” el año. Solo propone mirarlo con honestidad, sin máscaras, y cerrar 2025 desde el lugar más humano posible.

Abuelos, nietos y el valor de lo que no se envuelve

La Navidad vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué es realmente importante para un niño? A menudo confundimos amor con abundancia, presencia con regalos, y sin querer dejamos poco espacio para el agradecimiento, la espera o el encuentro.

Los abuelos suelen ocupar aquí un lugar delicado. Quieren ver sonreír a sus nietos, y lo hacen como saben: dando. No es un error. Tener abuelos es un tesoro. El problema aparece cuando el objeto sustituye a la experiencia y el regalo eclipsa al vínculo.

Los abuelos —como los padres— educan mucho más de lo que creen, y lo hacen sobre todo desde cómo quieren. Hay tres aprendizajes que atraviesan generaciones:

  • Autoestima: ayudar a los niños a quererse por quienes son, no por lo que tienen.
  • Autonomía: permitirles intentar, equivocarse y aprender. La sobreprotección, aunque nazca del amor, debilita la confianza.
  • Valores: no impuestos, sino compartidos y hablados. Cuando no hay acuerdo, la conversación adulta es el camino.
Menos cantidad y más relato. Menos envoltorio y más tiempo. Eso es lo que deja huella.

Encuentros que pesan y el derecho a poner límites

Las reuniones de estas fechas no siempre llegan en el mejor momento. Hay años en los que uno no tiene ganas de verse, de explicar, de repetir la misma historia veinte veces o de maquillarla para salir del paso. Y ahí aparece una de las trampas más frecuentes: decir sí para no incomodar, aunque eso suponga decirse no a uno mismo.

Poner límites no es ser duro ni agresivo. Es una forma de cuidado. Decir “ahora no me apetece hablar de esto” o “necesito descansar” no es una falta de educación; es higiene emocional. La culpa que suele acompañar a estos límites no es natural: es aprendida.

Cuando alguien pregunta “¿qué tal estás?”, no hay obligación de mentir, pero tampoco de desnudar el backstage de la propia vida. Se puede ser sincero sin ser transparente con todo el mundo. Contar una dimensión de la vida no implica contarlas todas. La honestidad también consiste en no traicionarse.

Las cosas, cuando se dicen bien, suelen salir bien.

Tristeza permitida: reconciliarnos con la vulnerabilidad

Vivimos en una cultura que tolera mal la tristeza, especialmente en fechas señaladas. Parece que sonreír fuera obligatorio y que estar mal sea un fallo personal. Sin embargo, la vida no es un bálsamo constante. Todos tenemos momentos bajos, y negarlos no los hace desaparecer; solo los complica.

Aceptar la vulnerabilidad no nos debilita. Nos humaniza. Dar espacio a la tristeza —propia y ajena— sin juzgarla es un acto de respeto. No todo necesita ser corregido ni animado. A veces basta con acompañar.

La felicidad entendida como exigencia acaba generando culpa. La felicidad entendida como proceso admite pausas, sombras y silencios.

La ausencia en estas fechas: recordar sin quedar atrapados

Hay pérdidas que duelen más cuando el calendario insiste en el encuentro. Personas queridas que ya no están y cuya ausencia pesa justo ahora, cuando todo parece invitar a la celebración. No se trata de “superar” esa ausencia. Se trata de integrarla.

Cambiar la tristeza por recordar y celebrar no la muerte, sino la vida compartida. Pensar que, si esas personas no hubieran pasado por nuestra historia, nuestra vida habría sido mucho menos interesante, menos profunda, menos humana. Nadie desaparece mientras se le recuerda con sentido.

Recordar no es quedarse atrapado en la pérdida. Es permitir que lo vivido siga dando fruto. Quizá eso sea también una forma de seguir caminando con ellos.

Cuando uno deja de quererse: el diálogo interior

A final de año aparecen balances crueles: kilos de más, metas que no llegaron, sueños aplazados. Y, casi sin darnos cuenta, empezamos a hablarnos mal. Con dureza. Con desprecio. Con una exigencia que no usaríamos jamás con alguien a quien queremos.

Aquí hay una verdad incómoda: nadie puede quererse si se trata así.

El psicólogo William James lo expresó con claridad: cuando uno cae, la forma en que se habla decide si ha caído en un bache o en una tumba. La voz interior no es neutra; construye o destruye.

La búsqueda de la perfección —como ya advirtió Sigmund Freud— acaba generando neurosis. La perfección no existe. El crecimiento, sí. Cambiar el ideal de perfección por el de mejora continua libera y permite avanzar.

Hablarse como hablarías a un buen amigo no es autoengaño; es salud mental. Plantearse objetivos pequeños, alcanzables, celebrarlos y dejar que sumen. Como el interés compuesto: poco a poco, pero constante.

Palabras que moldean el cerebro

No es una metáfora. Las palabras dejan rastro biológico. El neurocientífico Santiago Ramón y Cajal lo intuyó hace más de un siglo: todo ser humano puede ser escultor de su propio cerebro.

El autoataque constante eleva el cortisol, altera neurotransmisores y, mantenido en el tiempo, daña la plasticidad neuronal. No estamos hablando de frases que “se las lleva el viento”. Estamos hablando de circuitos que se refuerzan.

No se trata de engañar al cerebro. El cerebro es eficiente. Ejecuta lo que la mente le propone. Cambiar la forma de hablarse, de interpretar y de valorar lo que sucede es cambiar, literalmente, la arquitectura cerebral. Y eso transforma la manera de relacionarnos con la vida.

Cerrar 2025

Cerrar un año no exige grandes conclusiones ni propósitos grandilocuentes. A veces basta con reconocer dónde estamos, qué nos duele, qué nos sostiene y cómo nos hablamos.

Si algo ha atravesado este 2025 es una idea sencilla y exigente a la vez: cuidarse no es egoísmo, es responsabilidad. Con uno mismo y con los demás. Con los que están, con los que estuvieron y con los que vendrán.

El año se cierra. No con ruido, sino con verdad. El siguiente se abrirá, como siempre, paso a paso.

Este artículo cierra el trabajo publicado durante 2025. En 2026 abrimos nueva carpeta.

Por Mariano Rodríguez Pastor

M. Rodríguez Dietética Acupuntura es una Web de terapias complementarias, consejos e información, Acupuntura MTC, Auriculopuntura, Naturopatía, Homeopatía, Dietética y Nutrición.