Familia reunida alrededor de una mesa navideña brindando durante la cena de Navidad, con adultos y niños compartiendo comida y bebidas en un ambiente festivo
Cómo proteger la salud metabólica e intestinal durante las fiestas sin caer en prohibiciones ni culpas.

Cada año, cuando llegan las fiestas navideñas, reaparece el mismo temor: “voy a engordar”, “se me va a descontrolar todo” y, ya mirando a enero, los clásicos propósitos de enmienda que dicta la conciencia: ponerme a dieta, dejar de fumar, apuntarme al gimnasio.

Sin embargo, desde una mirada clínica y realista, conviene poner las cosas en su sitio, especialmente en lo que a la alimentación se refiere. La salud no se rompe en Navidad. Se construye —o se descuida— a lo largo del resto del año.

Las fiestas son, en realidad, pocos días concretos. El problema no está en una comida especial, sino en convertir el ambiente festivo en un hábito prolongado.

¿Cuántas comidas “problemáticas” hay realmente?

Si lo analizamos con lógica, el calendario navideño se resume en unas pocas comidas de mayor carga calórica:

  • Nochebuena
  • Navidad
  • Nochevieja
  • Año Nuevo
  • Día de Reyes
Cinco comidas especiales. Nada más.

Cinco momentos que un organismo sano puede gestionar sin dificultad, siempre que el resto del año haya existido una mínima coherencia alimentaria.

El verdadero problema aparece cuando las celebraciones empiezan a principios de diciembre y se alargan hasta finales de enero, entre comidas de empresa, encuentros sociales, picoteos constantes y mesas siempre llenas “porque es Navidad”.

Excesos puntuales frente a hábitos sostenidos

Uno o dos días fuera de lo habitual no comprometen la salud metabólica ni intestinal.

En el contexto concreto de las fiestas navideñas, cuatro o cinco días puntuales, intercalados con una alimentación coherente, tampoco suponen un problema.

Un mes entero de desorden mantenido en el tiempo, sí puede hacerlo.

El aumento de peso que muchas personas experimentan no se debe a una comida concreta, sino a la suma de pequeñas conductas repetidas:

  • Picoteo continuo
  • Pérdida de horarios
  • Repetición de platos densos en calorías
  • Alcohol y bebidas azucaradas
  • Menor descanso y menos movimiento
No es la excepción lo que engorda, es la repetición.

Hombre de mediana edad en pijama preparando un vaso de agua con sal de frutas en la cocina tras una cena copiosa.

El gran enemigo silencioso: comer sin coherencia

En consulta, uno de los patrones que más se repite durante estas fechas es la falta de orden al comer.

No se trata solo de cantidad, sino de mezcla constante: dulce, salado, alcohol, café, turrón, copas… todo encadenado, sin pausas reales.

Este tipo de ingesta genera verdaderas “bolas indigeribles” que se acumulan unas sobre otras, favoreciendo:

  • Hinchazón abdominal
  • Pesadez
  • Reflujo
  • Alteraciones del tránsito
  • Sensación de cansancio e inflamación
El sistema digestivo tolera excesos puntuales. Lo que no tolera bien es la ausencia total de estructura.

Hidratación y orden digestivo: un detalle que marca la diferencia

Durante las fiestas se suele olvidar algo básico: la hidratación consciente.

Comer primero los alimentos con mayor contenido en agua (verduras, caldos, frutas), y dejar para el final los más secos y densos, facilita enormemente la digestión.

Evitar mezclar constantemente alimentos sólidos con bebidas azucaradas también reduce la carga digestiva.

Y conviene recordar algo muy sencillo:
beber sin sed, solo por compromiso social, no es una necesidad fisiológica.

¿Quiénes deben extremar la prudencia?

Para la mayoría de personas sanas, unos días de comidas distintas no suponen un problema serio. Esto ocurre de forma puntual.

Sin embargo, quienes presentan:

  • Enfermedades cardiovasculares
  • Diabetes tipo 2
  • Obesidad
  • Trastornos digestivos crónicos
deben ser especialmente cuidadosos, no desde la prohibición, sino desde la planificación y la moderación consciente.

El papel de la industria y los productos “de temporada”

Las campañas navideñas nos empujan a comprar alimentos que no suelen estar presentes el resto del año.

Muchos de ellos son ultraprocesados, ricos en azúcares, grasas de baja calidad y sal.

El problema no es consumirlos de forma puntual, sino normalizarlos durante semanas, llenando despensas y manteniéndolos disponibles mucho más allá de los días festivos.

Hipermercado en Navidad con estanterías llenas de turrones y dulces tradicionales y gran afluencia de personas realizando compras navideñas

Estrategias sencillas para disfrutar sin excesos

No se trata de control, sino de criterio:

  • Planificar comidas previas más ligeras, ricas en proteínas y fibra
  • Mantener, en lo posible, los horarios habituales
  • No llegar a las celebraciones con hambre extrema
  • Comer con atención, observando las señales de saciedad
  • Moverse a diario, aunque sea de forma suave
  • Dormir lo mejor posible
Durante una comida copiosa es fácil concentrar gran parte de la energía que el cuerpo necesita en todo el día. Volver a la normalidad no implica castigarse, sino retomar cuanto antes los hábitos habituales.

Alimentos que puedes incluir sin miedo en Navidad

  • Marisco: proteína limpia, baja en grasa y muy saciante. En casos de ácido úrico elevado, conviene no abusar, aunque una ocasión especial no suele marcar la diferencia.
  • Pavo: proteína magra y digestión sencilla
  • Salmón: rico en omega-3 y regulador de la saciedad
  • Alcachofas: apoyo hepático y digestivo
  • Calabaza: fibra y antioxidantes, muy digestiva
  • Frutos rojos: antioxidantes y fibra
  • Kiwi: bajo índice glucémico y regulador del tránsito
  • Frutos secos: grasas saludables y efecto saciante
  • Caldos: hidratantes y reconfortantes para el sistema digestivo
  • Cacao ≥85 %: antioxidante y modulador de la ansiedad por dulce

Volver sin castigo

Después de Reyes no hace falta “empezar de cero”. No hay que compensar, ni castigarse, ni entrar en dinámicas extremas.

Basta con retomar los hábitos que ya funcionaban, devolverle al cuerpo el orden que necesita y permitir que el metabolismo haga su trabajo.

Porque, al final, la salud no se construye en una semana ni se pierde en una comida. Se construye día a día, durante todo el año, con coherencia, sentido común y respeto por el propio cuerpo.


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Por Mariano Rodríguez Pastor

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